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Nando Herrera / Blog

Mi Inmortalidad, por Demian Cross

Tanto tiempo que he sufrido.

Sí, sufrir, ese maldito don que aparece cuando quieres a alguien, o cuando quieres conseguir algo y los demás no te lo permiten. ¿Por qué lo hacen? Antes pensaba que era porque era débil, o porque simplemente era lo que me tocaba vivir.

Pero no. Ahora no. Ahora sé perfectamente por qué sucedían las cosas como sucedían.

Envidias, malas prácticas, un excesivo, distorsionado e interesado mal uso de la amistad o del amor, según el caso.

Ya da igual.

Ya nada de todo eso importa. Porque les sobreviviré.

Pasaré por sus tumbas y no dejaré flores. Seguiré aquí a pesar de que eso les haga removerse en sus ataúdes.

Es irónico, ellos morirán, tarde o temprano, sabiendo que yo seguiré, y sin embargo, estoy muerto, y antes que ellos.

Toda esta gente malhumorada de por vida me empujó a mi destino, y no me queda otra que darles las gracias. Las gracias por haber dejado que la Eterna Señora, la noche, se apoderara de mi alma, y sus afilados dientes, de mi sangre. Y ese vacío que dejó del líquido vital, no hace más que empujarme a alimentarme.

Pero la sangre adopta muchas formas distintas.

A veces, un simple líquido rojo que nos hace mover, soñar, vivir. Otras veces, un simple recuerdo, o un mal recuerdo.

O incluso, a veces, el propio odio.

El odio puede ser sangre. Puede ser ese líquido rojo que nos impulsa a hacer las cosas que queremos hacer, sin mirar atrás o, mejor dicho, mirando y riéndonos de todo lo que dejamos atrás.

Ahora da igual si me quieren o no, da igual si me aceptan o no. Ahora no es tiempo de preocuparse si me quieren, hay otros que lo hacen, y otros que me adoran, y aún más que vendrán en esta nueva existencia que tengo.

Porque ahora, con el beneplácito y la bendición de la Eterna Señora, y gracias a mis afilados dientes, me he encontrado con mi destino, que al fin y al cabo, es lo que convierte en inmortales a la gente, aunque en mi caso, no sólo es el destino, sino el odio hecho sangre.

Gracias a vosotros, personajillos simples, sencillos, ineptos mortales, porque conseguísteis, al matarme, que me encontrara con mi inmortalidad.

Os visitaré de vez en cuando en vuestras tumbas, para orinar en ellas, mientras bebo el néctar carmín de alguna víctima, y una sonrisa se escapará de mis labios ensangrentados.

Demian Cross

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